Cuando pintar dejó de ser relajante
Siempre me ha encantado pintar, pero desde que empecé a crear contenido, colorear se había convertido en un momento de tensión y juicio personal.
Cuando me siento frente a una ilustración, no solo estoy pensando en dibujar. También estoy grabando el proceso. Quiero que la cámara esté bien colocada, que la iluminación sea correcta, que el plano se vea bonito, que la composición funcione, que el resultado final quede bien en vídeo...
Son demasiadas cosas ocurriendo al mismo tiempo.
Y durante mucho tiempo he sentido una presión constante por hacerlo todo perfecto. Me obsesionaba con que no se notaran las marcas del rotulador, con no salirme de ninguna línea y con no dejar ni un espacio en blanco. Vigilaba cada pequeño error que pudiera arruinar el resultado final.
Mi atención no estaba en crear. Estaba en controlar.
La jaula me la construí yo sin darme cuenta
Sin pensarlo, pintaba dentro de una jaula que yo misma había construido. Una jaula hecha de expectativas, perfeccionismo y miedo a equivocarme.
Y lo peor es que cada vez me costaba más sentarme a pintar.
Siempre había algún fuego que apagar antes. Un correo pendiente, una tarea urgente, algo que ordenar, cualquier excusa servía. Y cuando no existía un motivo real para posponerlo, me lo inventaba.
Estaba evitando la presión que yo misma había asociado a pintar.
Pero he empezado a darme cuenta de algo: Pintar así no me gusta.
¿En qué momento he dejado que algo que siempre he disfrutado se convierta en una especie de examen diario?
¿Qué tiene realmente de malo la imperfección?
Evidentemente, hay ciertas cosas que necesito controlar. La cámara, el encuadre o la iluminación forman parte del trabajo cuando quieres documentar el proceso.
Pero empiezo a preguntarme qué tiene realmente de malo que se aprecie la textura del rotulador.
La acuarela es una de las técnicas más admiradas precisamente por sus imperfecciones, por sus manchas, por sus transiciones irregulares. Nadie mira una acuarela y piensa: "Ojalá no pareciera acuarela".
Entonces, ¿por qué me exijo eliminar cualquier rastro del material con el que trabajo?
¿Y qué pasa si una línea no es completamente perfecta? ¿No resulta, muchas veces, más natural, más orgánica y más viva?
La realidad es que no pasa nada. De hecho, a veces ocurre justo lo contrario. El resultado gana personalidad.
Los errores que me enseñaron más que los aciertos
Por eso estoy empezando a pensar que la única forma de descubrir qué me hace diferente es permitirme ciertas licencias.
Sí, algunas de esas decisiones me hacen arrepentirme al instante.
Pero incluso esos errores terminan enseñándome algo. La primera lección es cómo salir del lío en el que acabo de meterme y la segunda es cómo no volver a repetirlo.
La perfección nunca como objetivo
Quizá mis ilustraciones no sean las más perfectas técnicamente. Quizá no sean las más limpias, las más ordenadas o las mejor ejecutadas.
Pero son mías. Y eso hace que las vea con orgullo.
Quizá aquí tengamos la mayor paradoja del arte: Cuanto más intentamos ser perfectos, más nos alejamos de aquello que nos hace únicos.

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