Agosto lo terminé con la cabeza como una lavadora en centrifugado. No es una metáfora bonita: es exactamente el ruido que tenía dentro.
Tengo un niño de cuatro años y medio. En agosto ya lleva semanas sin cole, sin sus amigos, sin sus profes, y esa energía que en septiembre tiene dónde ir se queda dando vueltas por casa buscando salida. Yo le quiero con locura. Y a la vez, estar 24/7 con alguien —aunque ese alguien sea lo que más quieres— hace que llegue un momento en que no te oyes ni pensar.
Aquella tarde no me oía nada.
Lo que hice no fue descansar
Podría contarte que me senté a meditar. Muchas veces lo hago, pero ese día necesitaba estar en movimiento. Así que me puse unos cascos, busqué piano suave y me senté a preparar los pedidos que tenía pendientes.
Los pedidos los preparo siempre con cuidado. Pienso en quién va a abrir ese paquete, en el momento en que corta el precinto, en que note que alguien estuvo ahí pensando en ella. Eso es lo normal.
Lo distinto de aquel día fue el ritmo. Me tomé todo el tiempo del mundo.
Cogí cada libro despacio. Le limpié la cubierta entera, no por encima: entera, hasta que lasuperficie quedó limpia de verdad. Perfumé el papel de seda (y eché un poco en el ambiente, ¿porqué no?). Coloqué la pegatina del cierre milímetro a milímetro, casi acariciando el papel, notando la textura en la yema del dedo. El sonido del papel al doblarse. El peso del libro al girarlo.
Cuando terminé, el ruido se había ido.
Concentrarse en lo diminuto es una forma de bajar el volumen
Y esto sé que suena raro, pero creo que es justo al revés de lo que solemos hacer.
Cuando estamos saturadas, la reacción es ir a por lo grande: replantear la semana, hacer listas, resolver de una vez eso que nos tiene el pecho apretado. Pensar más. Y pensar más, en ese estado, es echar más ropa a la lavadora: pro-duc-ti-vi-dad.
Lo pequeño hace otra cosa. Una tarea diminuta y física —limpiar una superficie, doblar un papel, colocar algo recto— ocupa exactamente el espacio donde estaba el ruido. No lo tapa. Lo sustituye.No hay sitio para dos cosas a la vez cuando estás pendiente de si la pegatina ha quedado centrada.
A veces no funciona, para qué voy a decir otra cosa. Hay días en que la cabeza va tan rápida que ni el papel de seda la alcanza. Pero la mayoría de las veces sí.
El detalle no es perfeccionismo
Hay una diferencia que me costó ver.
El perfeccionismo mira el resultado y te aprieta: tiene que quedar impecable, si no, no vale. El detalle mira el gesto: cómo se dobla, cómo huele, cómo suena. Uno te pone tensa. El otro te suelta.Es la misma diferencia que hay entre colorear para que quede bien y colorear por colorear. Cuando me siento con un libro, unos rotuladores y una vela encendida, lo que me calma no es la lámina terminada. Es el rato de decidir despacio qué color va en ese cojín. Rellenar un rodapié de tres milímetros y que no se salga. Elegir el tono de la madera del suelo como si esa casa fuera mía.
Con la mano ocupada en algo minúsculo la cabeza, por fin, calla.
Y luego pude volver
Cuando salí del cuarto pude estar con mi hijo otra vez. De verdad, quiero decir. Escuchando lo que me contaba, no esperando a que terminara de contármelo.No arreglé agosto. No resolví nada de lo que me tenía la cabeza así. Pero volví a estar disponible, que era lo que hacía falta esa tarde.Si tú también estás en uno de esos días, no hace falta que sea empaquetar. Puede ser doblar la ropa con todo el mimo del mundo, mirando cómo queda cada esquina. Regar las plantas hoja por hoja. Colorear una habitación entera de tres en tres milímetros. Lo que sea, con la condición de que sea pequeño, sea físico y no tenga prisa.

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